
por: María Fernanda Mojica Pérez
La Escuela de Cadetes General Santander es el lugar donde miles de oficiales estudian para servir al país. Sin embargo, el 17 de enero de 2019, un atentado cambió la historia de esta institución. Cuando un carro cargado con dinamita ingresó a la escuela, conducido por José Aldemar Rodríguez. Tres días después, el ELN se atribuyó la responsabilidad, argumentando que fue una respuesta a las acciones militares del gobierno durante un cese al fuego unilateral declarado por el grupo a finales de 2018.
El teniente Óscar Yesid Mojica comenta sobre los momentos antes de la tragedia, quien luego de haber terminado una ceremonia de ascenso se encontraba cambiándose para ir a un funeral de un general que había fallecido.
Los primeros instantes después de la explosión fueron de incertidumbre para el teniente, que no sabía qué hacer, a dónde correr o qué mirar, ya que al asomarse por la ventana solo lograba ver humo y partes del carro envueltos en llamas volando.
Óscar Mojica menciona que esa noche cuando llegó a su casa tuvo la idea de no seguir con la carrera policial, pero a la mañana siguiente luego de que su padre le preguntara si quería seguir ya que había que pagar la matricula ese mismo día, decidió que, si quería, recibiendo el apoyo de su familia con esta decisión.
Este hecho fue determinante y un papel importante en su vida tanto laboral como profesional y afirma que hizo que se llenara de carácter volviéndolo fuerte en los diferentes aspectos de su vida, viviendo varias situaciones que lo han llevado al límite mentalmente.
Seis años después del atentado, el teniente Óscar Yesid Mojica recuerda aquel día que marcó su vida para siempre. En ese entonces, con solo 19 años y un año de formación en la institución, jamás imaginó que viviría uno de los momentos más difíciles de su carrera. Hoy, convertido en teniente, comparte su experiencia, y de qué manera este hecho impactó su vida personal y profesional.
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Testimonio de un sobreviviente de la General Santander
El teniente Hernán Aguirre, amigo del teniente Mojica, también comparte su historia. En el momento del atentado, se encontraba realizando una marcha de guardia de honor hacia los alojamientos junto con sus compañeros de compañía, cuando, de repente, el vehículo estalló a su lado.
El impacto lo dejó inconsciente por unos segundos. Al abrir los ojos, lo único que vio fueron los cuerpos de sus compañeros, aquellos con quienes había compartido tantas experiencias durante año y medio de formación en la escuela General Santander. Ahora, muchos de ellos yacían sin vida, algunos incluso sin extremidades.
Tras superar el impacto inicial, miró su propio cuerpo y se dio cuenta de que estaba herido. Sufrió una contusión pulmonar, una herida con metralla en su mano izquierda, esquirlas y quemaduras en ambas piernas. Además, la onda expansiva de la explosión afectó seriamente su audición.
Como consecuencia de estas lesiones, permaneció hospitalizado aproximadamente un mes. A pesar de la gravedad del hecho, su recuperación fue rápida y, según afirma, recibió una excelente atención médica, así como apoyo psicológico tanto para él como para su familia, el cual considera que fue suficiente.
Nunca pensó en abandonar su carrera, y su familia siempre le reiteró que lo apoyarían en cualquier decisión que tomara, pues era su elección.
Este atentado marcó su vida de manera profunda, ya que es una experiencia para la que nadie está preparado. Desde aquel día, agradece a Dios por darle una segunda oportunidad, lo que le ha llevado a valorar más cada momento, su vida y a las personas a su alrededor. Como él mismo expresa: «Desde ese día trato de vivir cada día al máximo.»
Asimismo, reflexiona sobre el impacto del atentado y concluye: «Creo que en un atentado de esta magnitud jamás habrá justicia ni reparación para las familias afectadas.»
El teniente Hernán Darío Aguirre es un sobreviviente de aquel 17 de enero. Comparte su testimonio seis años después, sobre ese día que lo marcaría no solo físicamente, sino también mentalmente. En ese momento, llevaba año y medio de formación en la General Santander y pertenecía a la misma compañía que los 22 cadetes que perdieron la vida. Con tan solo 22 años, presenció la muerte de sus compañeros, quienes fallecieron a su lado.
A pesar del tiempo transcurrido el atentado sigue siendo una herida abierta para quienes lo vivieron de cerca, hoy seis años después, ambos tenientes siguen con su labor en la Policía Nacional con la convicción de honrar la memoria de sus compañeros caídos, llevando consigo las lecciones que les dejó aquel día que nunca olvidarán.
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