Por Christian Santiago Católico Riaño
Terminó el Mundial 2026 y, como sucede cada cuatro años, quedarán imágenes que con el tiempo se convertirán en recuerdos imborrables; pero, además de los goles, las atajadas, las sorpresas y las lágrimas que volverán una y otra vez en mi memoria quedó Wonderwall.
Si hay algo que siempre me llama la atención de un Mundial, es la música. No la que suena en la ceremonia inaugural ni la que la FIFA escoge como canción oficial. Me refiero a esa música que nace en las tribunas, que aparece de manera espontánea y que, sin que nadie la imponga, termina convirtiéndose en el verdadero idioma de millones de personas.
Tengo que decirlo. Admiro profundamente a Shakira. Crecí escuchando sus primeros discos y sigo pensando que es una de las artistas latinoamericanas más importantes de nuestra historia. Álbumes como el pies descalzos, marcaron a toda una generación y su capacidad para conectar culturas es innegable. Lo mismo podría decir de muchos artistas que hoy ocupan los primeros lugares de las plataformas digitales.
Pero, este Mundial volvió a recordarme una verdad que a veces olvidamos: una canción oficial puede ser un éxito comercial, puede sonar en todas partes y cumplir perfectamente con su objetivo de promocionar un torneo, pero un himno es otra cosa. Un himno no se fabrica. Un himno lo elige la gente.
Mientras la canción oficial del Mundial, «Dai Dai», sonaba en cada transmisión y ocupaba espacios privilegiados dentro de la estrategia comercial del torneo, en las tribunas de Inglaterra estaba ocurriendo algo mucho más interesante.
Miles de personas, sin que nadie se los pidiera, comenzaron a cantar Wonderwall, de Oasis. Poco a poco, dejaron de ser solo los aficionados. Los propios jugadores terminaron abrazados frente a la tribuna, cantándola junto a su gente después de cada victoria. Así nació el himno no oficial de Inglaterra durante este Mundial.
Wonderwall logró la generación de sentido
Eso me parece fascinante. Porque Wonderwall no fue escrita para un Mundial. No tiene percusiones latinas, no busca ser una canción para bailar ni fue pensada para llenar estadios de fútbol. Fue lanzada el 30 de octubre de 1995 como parte del álbum ¿What’s the Story Morning Glory? y, más de treinta años después, encontró un significado completamente distinto. La gente la adoptó. La hizo suya. Le dio un nuevo propósito.
Ahí es donde la música demuestra que pertenece mucho más al público que a quienes la escribieron. La interpretación, la construcción y la negociación de significados sobre su realidad, permiten que emerjan la intersubjetividad y las representaciones sociales dentro de la construcción de un valor compartido en sociedad.
Hay algo aún más curioso detrás de esta historia. Los protagonistas de esa canción son los hermanos Gallagher, probablemente una de las relaciones familiares más turbulentas que ha conocido el rock.
Durante años pensamos que sería más fácil ver el fin del mundo que volver a ver juntos a Liam y Noel. Las diferencias personales parecían insalvables. Después llegó el esperado reencuentro. Algunos dirán que fue el dinero. Otros preferirán pensar que, al final, los lazos familiares terminaron siendo más fuertes que cualquier discusión. La verdad solo la conocen ellos. Pero, mientras tanto, su música siguió haciendo lo que mejor sabe hacer: unir personas.
Y eso me parece hermoso. Porque, al final, las canciones también tienen vida propia. Ya no les pertenecen a los Gallagher. Les pertenecen a quienes las cantan.
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Wonderwall y el extraño poder de pertenecer
Mientras veía a miles de ingleses abrazarse en las tribunas entendí que la verdadera fuerza de una canción nunca está en la cantidad de reproducciones, en la inversión publicitaria o en la estrategia de lanzamiento. Está en el momento en que una comunidad decide convertirla en parte de su historia.
Eso ocurrió con Wonderwall. El mundo lo terminó escuchando. El fenómeno fue tan grande que la canción volvió a ocupar los primeros lugares de Spotify tres décadas después de su lanzamiento.
Impulsada por el Mundial, llegó al número uno del ranking global y sumó millones de reproducciones nuevas, demostrando que una buena canción nunca envejece cuando las personas encuentran una nueva forma de hacerla suya.
Creo que eso también pasa con nuestras vidas. Muchas veces vivimos preocupados por seguir las tendencias, por escuchar lo que está de moda o por consumir aquello que alguien decidió que debía gustarnos. Sin embargo, las canciones que realmente permanecen son otras. Son aquellas que aparecen en un momento importante, que nos acompañan cuando más las necesitamos y que terminan formando parte de nuestra memoria.
Por eso los himnos no los escribe la industria. Los escribe la gente. Cada coro cantado en una tribuna, cada abrazo entre desconocidos, cada voz desafinada que decide cantar sin importar cómo suene. Ahí es donde una canción deja de ser simplemente música y se convierte en identidad. Así que, cuando tengas un momento esta semana, vuelve a escuchar Wonderwall.
Tal vez descubras una canción diferente a la que recordabas. Súbele el volumen, cántala, aunque no llegues a las notas, aunque desafines y aunque tu inglés no sea perfecto. Porque la música nunca ha sido un concurso de afinación. La música siempre ha sido una forma de decir: aquí estoy. Y, quizá, ese siga siendo el idioma más universal que ha inventado la humanidad.
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