Por Christian Santiago Católico Riaño
Rock al Parque llega a su versión número 30, un cumpleaños que quienes nos proclamamos melómanos no podemos ignorar y, mucho menos, si el rock es una de nuestras debilidades; por eso, antes de asistir a la cita número 30, ir a los eventos previos es gratificante, porque remueven recuerdos, generan reflexiones y hacen que vuelvan a nuestros oídos los acordes de melodías como las de 1280 Almas.
Precisamente, en una charla en el marco de la celebración de estas tres décadas, pude ver en un escenario a tres invitados y un moderador, normal en este tipo de eventos, pero hubo una conversación que se me quedó dando vueltas en la cabeza, especialmente por la presencia de Juan Carlos Rojas, bajista y miembro fundador de 1280 Almas, una de esas bandas que uno siente que siempre han estado ahí, como parte de la escena sonora de Bogotá.
1280 Almas nació en 1992 y con el tiempo se convirtió en una de las referencias fundamentales del rock alternativo colombiano.
Mientras escuchaba la conversación, pensé en algo que probablemente nos ha pasado a muchos, cuando uno está frente a una tarima y ve a los músicos tocando, puede imaginar que esas personas siempre estuvieron destinadas a estar ahí, parece que pertenecieran a otro lugar, a una especie de círculo reservado para quienes lograron cumplir sus sueños. Los vemos con los reflectores encima, con miles de personas cantando sus canciones, y es fácil olvidar que antes de estar sobre ese escenario también estuvieron abajo, mirando a otros músicos, imaginando cómo sería algún día formar parte de aquello.
Y, justamente, ahí estuvo para mí lo que dio la importancia de la charla, uno de los panelistas contaba cómo en otra época veía desde el público a 1280 Almas. Años después, estaba sentado dentro de esa conversación, haciendo parte de ese mismo universo que alguna vez contempló desde afuera. Es una imagen sencilla, pero tiene algo profundamente poderoso: el círculo se puede cerrar. El que mira también puede terminar siendo mirado.
Quizás por eso me gusta tanto pensar en la música más allá de las canciones. Hay algo en los escenarios que puede hacernos creer que quienes están allí arriba tienen la vida resuelta, que alcanzaron un lugar al que nosotros no podríamos llegar. Pero cuando escuchamos sus historias descubrimos que detrás de una banda hay años de ensayo, trabajos, dificultades, decisiones, equivocaciones, incertidumbre y, sobre todo, una insistencia enorme en seguir haciendo aquello que se quiere hacer.
Rock al Parque también tiene mucho de eso, más que un festival, se ha convertido en una especie de memoria colectiva de la ciudad. Por sus escenarios han pasado generaciones completas de músicos y espectadores, y muchas de las personas que alguna vez llegaron con la ilusión de tocar allí terminaron haciendo parte de la historia del festival.
1280 Almas, por ejemplo, ha tenido una presencia especialmente importante en la historia de Rock al Parque y la propia banda ha hablado de lo que significa para un grupo de rock colombiano pertenecer a ese espacio.
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El ícono de 1280 Almas
Marinero es una canción que pertenece a La 22, álbum de 1996, y que terminó convirtiéndose en una de las canciones más reconocibles de 1280 Almas, hoy es difícil imaginar un concierto de la banda sin pensar en ese momento en el que el público empieza a cantar y reconoce desde las primeras notas aquello que ya siente como propio. Marinero no es un cover, como inicialmente recordaba, sino una composición de Juan Carlos Rojas; precisamente, por eso resulta todavía más interesante pensar en lo que puede suceder con una canción cuando deja de pertenecer solamente a quien la escribió y empieza a formar parte de la memoria de quienes la escuchan.
Eso es quizá lo que hace que una canción llegue a convertirse en un himno, no necesariamente porque alguien decida que debe serlo, sino porque la gente la adopta, la canta, la transforma en recuerdo y la lleva consigo durante años. Marinero pasó de ser una canción de un disco a convertirse en una pieza reconocible de la historia del rock bogotano; incluso, documentos relacionados con Rock al Parque la incluyen entre las canciones destacadas de la banda y señalan su presencia en listados de grandes canciones del rock iberoamericano.
Es posible que usted, que está leyendo este contenido, en algún momento haya tenido una tarima imaginaria. Puede ser una banda, una exposición, una película, un libro, un proyecto, un negocio, una carrera profesional o simplemente ese trabajo con el cual siempre se soñó, el problema es que con los años algunos dejamos de mirar hacia ella. No necesariamente porque hayamos dejado de soñar, sino porque la vida nos va convenciendo de que ciertas cosas eran para otros.
Quizás esa sea una de las cosas más bonitas que puede recordarnos una historia como la de 1280 Almas: que no deberíamos perder tan fácilmente los sueños que alguna vez nos hicieron ilusión. Algunos se cumplen rápido, otros tardan décadas y otros cambian de forma en el camino, pero eso no significa que hayan dejado de tener valor.
Hay personas que alguna vez estuvieron frente a una tarima pensando “algún día quiero estar ahí” y terminaron subiendo. Y también hay quienes nunca llegaron a hacerlo, pero encontraron otras maneras de construir una vida alrededor de aquello que amaban, lo importante es no olvidar del todo a ese joven que alguna vez miró desde abajo y pensó que sería increíble estar al otro lado.
Porque las tarimas no son lugares tan lejanos como parecen; a veces, solamente hace falta seguir caminando hacia ellas, de eso se trata también la música: de recordarnos quiénes fuimos, quiénes quisimos ser y, de vez en cuando, preguntarnos si todavía estamos dispuestos a intentarlo.
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