Por: Daniela Cifuentes, Andrea Novoa, Stefanía Luna, Tomás León y Camilo Velásquez
Mientras en la ciudad el día apenas comienza, en Vergara la vida de campo ya ha cumplido varias horas de trabajo. A las 4:45 de la mañana, doña Azucena prepara el primer tinto del día. A las 5:00, ya hay movimiento en las fincas, animales que alimentar, corrales que limpiar, y más tarde, cultivos que atender. Su jornada no termina sino hasta las 8:00 de la noche. Es un ritmo de vida exigente, constante, pero también lleno de sentido.
Lo que a veces se olvida es que ese esfuerzo sostiene buena parte de la vida en las ciudades. Aunque parezcan mundos distintos, el campo y la ciudad están profundamente conectados. Sin la producción del campo, la ciudad no podría funcionar como lo hace. Los alimentos que consumimos, los productos naturales, incluso el café que tomamos al iniciar el día viene del trabajo diario de campesinas y campesinos como doña Azucena.
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Nicodemus Hernández lo expresa con claridad: “uno nace en el campo, y uno crece en el campo y se le enseñan a trabajar en el campo”. Para muchos, el campo no es solo un lugar: es una escuela de vida, donde se aprende desde niño a respetar la tierra y a entender el valor del trabajo. No se trata solo de una vocación, sino de una identidad. Y esa identidad convive con la ciudad, la complementa y la abastece.
José Nicolás Bernal ha vivido toda su vida en el campo. Le gusta el clima, la comida, y sobre todo la tranquilidad. “Acá anda uno con la frente en alto, porque acá nadie lo molesta a uno”. Tuvo la oportunidad de vivir en Bogotá luego de servir dos años en el ejército, pero decidió regresar. “La vida en Bogotá es muy dura”, recuerda. En el campo encontró de nuevo un ritmo de vida más acorde con sus valores y su experiencia, y arrancó a sembrar café justo cuando llegó la bonanza cafetera.
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Lo rural como motor de vida
Durante décadas, la relación entre ciudad y campo se ha entendido como una separación entre lo moderno y lo tradicional, lo desarrollado y lo atrasado. Sin embargo, esta visión ya no tiene sentido en un mundo interdependiente y en crisis climática. Decir que el campo no es rural no es un error, es una afirmación provocadora que busca romper con los prejuicios.
Hoy, más que nunca, las ciudades dependen profundamente del campo para sostener su estilo de vida, desde la comida que consumimos hasta el agua que bebemos, pasando por la energía que usamos, la cultura que preservamos y la biodiversidad que necesitamos para sobrevivir, todo tiene su origen o sustento en la ruralidad.
INFOGRAFÍA “EL CAMPO NO ES RURAL”
Reivindicar el valor del campo es reconocer la sabiduría campesina, la defensa del territorio, y el papel central que tiene la ruralidad en los debates sobre sostenibilidad, justicia social y futuro.
Es importante aclarar que no se trata de oponer campo y ciudad, sino de reconocer que ambas se necesitan. Mientras la ciudad ofrece oportunidades educativas, médicas y tecnológicas que el campo muchas veces aún no tiene, es el campo el que garantiza el acceso a alimentos frescos, productos naturales y una conexión con la tierra que es vital para la sostenibilidad del país. La relación debería ser de mutuo respeto y apoyo, no de olvido o desigualdad.
Jaime Bustos, administrador de tres fincas, lo resume bien: “No sólo en Bogotá se busca el dinero, aquí también. El que es del campo, es del campo, eso sí dejémonos de vainas”. Y agrega una reflexión clave: “Si no fuera por la gente del campo, las ciudades aguantarían hambre”. Es una verdad que a veces pasa desapercibida en el ajetreo urbano, donde todo parece estar siempre al alcance. Pero detrás de cada producto que llega al mercado o al supermercado, hay una cadena de trabajo rural que empieza mucho antes del amanecer.
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El campo no es simplemente un espacio rural: es una fuente de vida. Su aporte a la ciudad va más allá de lo agrícola. También representa una forma de ver el mundo, donde la tierra, el clima, y la comunidad tienen un valor central. En muchos lugares, como Vergara, Cundinamarca, se cultiva de forma orgánica, preservando no solo la calidad de los productos, sino también el equilibrio con la naturaleza.
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Eso no significa que el campo no tenga desafíos. La falta de inversión en infraestructura, educación rural o servicios básicos sigue siendo una deuda pendiente. Pero los testimonios muestran que, a pesar de las dificultades, la vida en el campo tiene fortalezas únicas: el sentido de pertenencia, la conexión con el entorno, la seguridad de saberse parte de algo más grande.
¿Qué es la ecología emocional?
La ecología emocional es una perspectiva que entiende las emociones humanas como parte de un ecosistema más amplio: el entorno, la naturaleza, las relaciones humanas y los ritmos de vida. Plantea que no estamos aislados: nuestra salud mental está profundamente conectada con el ambiente que habitamos.
Los entornos rurales tienen un impacto poderoso en nuestro equilibrio mental y emocional.
Aquí algunas formas en que el campo actúa sobre nuestro bienestar:
Un estudio publicado por Harvard“A 20‑minute nature break relieves stress” revela que bastarían solo 20 minutos en contacto directo con la naturaleza, sin celular, sin redes sociales, sin ruido urbano para disminuir significativamente el cortisol, la hormona del estrés.
Este hallazgo confirma que el entorno natural no solo calma, también sana. El campo, con su ritmo pausado, sus sonidos suaves y su conexión con la tierra, ofrece un refugio emocional.
Por eso, más que hablar de “campo versus ciudad”, necesitamos hablar de campo y ciudad. De cómo se complementan, de cómo pueden aprender la una de la otra. La ciudad no deja de tener sus virtudes: dinamismo, innovación, diversidad. Pero es necesario recordar que, en lo más esencial; la alimentación, el agua, los recursos naturales, sigue dependiendo del campo.
El campo no es un lugar al margen del desarrollo. Es parte central del presente y del futuro del país. No es un sitio que quedó atrás, sino uno que trabaja cada día para que todos podamos avanzar. Reconocer esa labor, valorar a quienes la realizan y fortalecer los lazos entre campo y ciudad es fundamental para construir una sociedad más justa, sostenible y consciente; porque al final, cuando te sientas a la mesa, cuando tomas tu primer café del día, cuando disfrutas de una fruta fresca o de una comida hecha en casa, estás más cerca del campo de lo que piensas.
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