Por Christian Santiago Católico Riaño
En publicidad hay una herramienta que siempre me ha gustado especialmente: el storytelling. Contar una historia para lograr que alguien se conecte emocionalmente con algo que, en principio, puede estar lejos de su propia realidad, ahí es en donde comienza a rondar en mi cabeza Livin’ on a Prayer.
Una buena historia consigue que dejemos de mirar desde afuera y, por un momento, nos veamos dentro de ella. Quizás por eso funciona tan bien en la publicidad, pero también por eso funciona tan bien la música. Una canción puede contar la historia de alguien que nunca hemos conocido y, sin embargo, encontrar un pedazo de nuestra propia vida en ella.
Livin’ on a Prayer nos presenta a Tommy. Un hombre que trabaja en los muelles, en un oficio que podría parecer común, incluso invisible, de esos trabajos que hacen parte de la vida cotidiana de muchas personas. Pero un día Tommy pierde su empleo después de participar en una huelga y aquello que parecía estable deja de serlo; ya no se trata solamente de trabajar o no trabajar, aparecen las preguntas que conocemos demasiado bien: ¿cómo vamos a pagar?, ¿cómo vamos a sostener la casa?, ¿qué hacemos ahora?
Gina trabaja en una cafetería y pasa allí buena parte del día, cuando llega a casa lleva consigo lo poco o mucho que consiguió ganar y se lo entrega a Tommy, no porque tenga una solución mágica para lo que están viviendo, sino porque entiende que en ese momento su aporte también cuenta, Tommy está preocupado, quizás derrotado, pero Gina está ahí.
Cuando Livin’ on a Prayer borra la línea entre la ficción y la realidad
Para mí, la canción deja de ser simplemente la historia de una pareja ficticia, porque lo que tienen Tommy y Gina no es mucho, no tienen la seguridad de un buen trabajo, no tienen la certeza de que mañana las cosas vayan a mejorar y tampoco tienen una respuesta para todos los problemas que tienen enfrente, pero se tienen el uno al otro, y eso, en medio de una dificultad, puede ser muchísimo.
Livin’ on a Prayer lo dice de una manera que siempre me ha parecido poderosa: tienen que aferrarse a lo que tienen, porque el amor puede ser suficiente para intentarlo una vez más. Esto me hace pensar en pienso en mi propia vida. Afortunadamente, puedo decir que he conocido esa sensación.
No puedo decir que mis circunstancias sean exactamente las mismas que las de Tommy y Gina, sino porque creo que todos hemos tenido momentos en los que las cuentas, las preocupaciones o la incertidumbre parecen ocupar demasiado espacio en la cabeza, momentos en los que uno mira a la persona que tiene al lado y entiende que, aunque no pueda solucionar todo, su compañía cambia completamente la manera de enfrentar lo que viene.
Quizás por eso esta canción ha conectado con tantas personas durante tantos años, porque no habla de una pareja perfecta ni de una vida resuelta, habla de dos personas intentando salir adelante con lo que tienen, y eso se parece bastante más a la vida real que muchas de las historias que escuchamos.
Hay otro detalle de Livin’ on a Prayer que siempre me ha llamado la atención, Jon Bon Jovi no estaba convencido inicialmente de que aquella canción fuera a convertirse en lo que terminó siendo, lo que me hace volver a algo que he pensado muchas veces mientras escribo esta columna: las canciones también dejan de pertenecerles a quienes las crean.
Un artista puede escribir una canción, grabarla y pensar que no es precisamente su mejor trabajo; puede tener dudas, cambiar de opinión o simplemente no imaginar hasta dónde llegará, pero después aparece el público. La gente la escucha, la relaciona con su propia historia, la canta en una fiesta, en un concierto, en un carro, en una época difícil o junto a alguien que ama y, poco a poco, esa canción adquiere una vida que ya no depende solamente de quien la escribió.
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Eso ocurrió con Livin’ on a Prayer, con el paso del tiempo, Tommy y Gina dejaron de ser solamente los personajes de una canción de Bon Jovi, se convirtieron en una pareja en la que muchas personas encontraron algo de sí mismas. Tal vez ahí está una de las cosas más bellas de la música: que puede tomar la historia de dos personajes que no existen y hacer que millones de personas sientan que están hablando de ellas.
Por eso, cuando escucho ese coro y todo el mundo empieza a cantarlo, no pienso solamente en una de las canciones más conocidas de Bon Jovi, pienso en todas esas personas que, en algún momento de su vida, tuvieron que seguir adelante sin tener demasiado, pero encontraron en alguien más una razón para hacerlo.
Tommy y Gina no tenían la vida resuelta en Livin’ on a Prayer. Tenían problemas, tenían incertidumbre y seguramente tenían miedo, pero se tenían el uno al otro, a veces, cuando la vida aprieta, eso puede ser exactamente lo que necesitamos para volver a intentarlo. ¡Que viva la música! Como tituló Andrés Caicedo y que viva también ese amor que, sin resolver todos nuestros problemas, puede hacer que algunos de ellos sean un poco más llevaderos.
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