En el amor todo es política

Redactado por Sara Cárdenas Abril

A mediados de los años 50, en Socha, Boyacá, en medio de la niebla fina y las curvas montañosas adornadas por un frio que te tiemblan los huesos, se encontraba una cabaña familiar. Por sus ventanas se veía cómo la cera de las velas ya empezaba a caer, justo en las horas donde los colores del cielo se apagaban.

A esa hora, con la mirada puesta enfrente de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, se encontraba Estrella. Estaba encorvada sobre lanas de oveja, con la palma derecha sobre la izquierda, sosteniendo un rosario en el medio mientras repetía una y otra vez la oración: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. Estas oraciones se rezaban sin falta en la casa de Estrella, donde habitaba un hogar acaudalado, rígido, conservador y tradicional.

Su madre, con el ceño fruncido de costumbre, mandaba lo que se tenía que hacer cada día de la semana, cada siete días, llegaba el domingo. En ese día relucían las corbatas azules más deslumbrantes de los hombres y los vestidos decorados con olanes de las mujeres. Salían juntos hasta el final del sendero a esperar el pequeño camión que los llevaba a la plaza del pueblo. Allí, con mirada enaltecedora, creyéndose unos más que otros, caminaban hacia la misa dominical donde se encontraban con todas las demás familias de corbata azul. Cada domingo todo pasaba con monotonía y sobriedad.

Un domingo que rompió la calma

Pero un domingo helado en la plaza de Socha, las cosas cambiaron. Estrella caminaba junto a su madre, vistiendo su paño de olanes rosa, apretando entre los dedos el denario de madera, que todavía conservaba el olor a incienso y a cera fresca pegada a su rosario. En los escalones de piedra de la entrada de la iglesia, un líder conservador del pueblo, quien hablaba en el nombre de Jesús, se detuvo a hablar frente la gran puerta de la madera de la iglesia. En su discurso reforzaba las advertencias del sermón sobre la «amenaza atea y liberal» que azotaba a Boyacá.

Pasadas las diez de la mañana y con el sonido de la tercera campana, la familia salió al corazón de la plaza. De repente, el ambiente se rompió. En un momento incierto se empezaron a escuchar gritos y estruendos al final de la plaza. Venían colina abajo y se escuchaban cada vez más cerca, hasta que aparecieron frente a todos: los Chulavitas, la policía armada dando frente por los conservadores, los godos como la familia de Estrella, vestidos de azul y verde defendiendo su bando, enfrentándose a machete y bala contra los “cachiporros”, los liberales.

Los «cachiporros» eran un grupo del que no se escuchaba hablar mucho por allí. Solo se sabía de ellos cuando pasaban los grandes camiones desde el centro del país, cuando los caminantes cruzaban los Andes huyendo de la violencia, o cuando decenas de familias corrían colina abajo. Llegaban asustados, contando en susurros cómo el dolor se había apoderado de sus tierras y cómo todo lo que les costó años construir terminó empacado en una simple maleta de madera: una vida llena de risas, hogar, cantos, animales y flores reducida a un cajón sobre la espalda.

Pero nada de esto había pasado todavía en Socha. Allí las madres todavía adoctrinaban a sus hijas para enseñarles la “verdadera educación”. Mientras tanto, los hombres azules nacían preparados para azotar el ganado y cultivar papa, maíz o cebolla; pero más que eso, estaban listos para la labor que estaba de moda: empuñar un arma para defender lo suyo. Entre la formalidad, las costumbres y el fervor religioso, todos se quedaron parados viendo cómo se destruían unos a otros. Lo que antes era solo un rumor lejano, ahora era su realidad en plena plaza.

En medio del miedo, Estrella cruzó miradas con Julio, un joven con los ojos fríos por la adrenalina. Él llevaba el puño levantado con un pañuelo rojo, vistiendo una camisa de paño suelta, rasgada, desabotonada a medio cuerpo y una corbata roja corrida hacia un lado. De la boca del joven salían gritos de combate: ¡Chulavitas traidores! ¡Godos lamebotas de los curas! ¡Godos cerdos y traidores!

Escuchar esos gritos causó una gran molestia en la familia de Estrella, pero a ella no le importó. Esa mirada la dejó totalmente impactada y sin palabras. En ese instante, sintió un miedo profundo por dentro, pensando que lo que estaba sintiendo al mirarlo era un pecado grave y que sería condenada por ello.

De pronto, sintió un jalón fuerte en el brazo. Era su madre junto a su padrastro, quienes a gritos la regañaron por la imprudencia de haberse quedado paralizada mirando semejante pelea. Le ordenaron moverse de inmediato para regresar a la casa y resguardarse, en medio de un pueblo que a partir de esa mañana ya no olía a incienso, sino a sangre.

El amor nació entre dos bandos enfrentados

Pasaron varias semanas después de aquel domingo sangriento. El miedo de la violencia política seguía rondando por Boyacá, pero en la casa de Estrella las rutinas intentaban se sostener con la misma rigidez de siempre, para ocultar lo que realmente pasaba en el corazón del pueblo. Un día, su madre necesitó bajar a la plaza para comprar levadura para hacer el pan de la semana y no tuvo más remedio que llevar a Estrella para que le ayudara con los bultos, ya que sus hermanos estaban recogiendo la siembra de la semana.

Mientras la madre negociaba adentro de la tienda de víveres, Estrella se quedó afuera, parada cerca de la puerta con la mirada baja. De repente, una sombra se atravesó en su camino. Era Julio. Llevaba la misma mirada desafiante, pero esta vez sin las armas ni el barro en sus botas. Se detuvo frente a ella y rompieron el silencio. La conversación empezó con espinas de rosa: se lanzaban palabras cortantes, retándose mutuamente sobre cuál de los dos bandos era mejor y quién tenía la razón, lanzándose flechas cada no a su corazón, buscando cualquier excusa para disfrazar con orgullo el sentimiento que les quemaba el pecho.

Antes de que la madre saliera de la tienda, acordaron encontrarse a escondidas el siguiente miércoles a las seis de la tarde, cerca de la salida del pueblo, con la excusa de probar quién de los dos era más fuerte. Sin embargo, cuando llegó ese miércoles, bajaron las armas y guardaron las flechas. Bajo el cielo de la tarde, las discusiones quedaron a un lado y dieron paso a la calma; en vez de pelear, empezaron a descubrir la nobleza y lo bueno en el corazón del otro. Los ojos que antes veían un enemigo ahora veían un refugio.

Los miércoles se convirtieron en su territorio de libertad

Así transcurrieron los miércoles, convirtiéndose en su único territorio de libertad y paz en medio de los problemas que les traía el día a día. Entre 1954 y 1955, mientras en Colombia el general Gustavo Rojas Pinilla asumía el poder prometiendo pacificar al país y decretando amnistías para las guerrillas liberales, la guerra parecía dar una tregua en los grandes mapas, pero la división entre vecinos del pueblo seguía presente, con un fervor egocentrismo y con miradas de odios entre sus “conocidos”. Para Estrella y Julio, el mundo exterior desaparecía cada miércoles a las seis: el amor entre ellos florecía en silencio, dulce y escondido como la flor del frailejón en las altas montañas de Boyacá, ajeno a los odios de patria que destruían a otros hogares.

Pero el secreto no duró para siempre. La madre de Estrella terminó enterándose de los encuentros y la confrontó con un estruendoso y fuerte odio. Le gritó con amargura que era una “hija del pecado”, acusándola de deshonrar la cuna conservadora por andar con un joven de ideales contrarios. Pasaban los días y la madre, desesperada por borrar la deshonra, tomó la decisión de enviarla a un estricto internado en Duitama, Boyacá, para corregir su camino y alejarla de la tentación de los demonios acaudalados dentro de su hija.

Sin embargo, el destino tomó otro camino. Antes de organizar el viaje, la madre descubrió una verdad irreversible, la manzana de la casa y el fruto del pecado a Estrella se le había retrasado sus días, donde se reafirmaba la buena mujer que era. La semilla en su vientre ya había brotado, enraizándose con la fuerza de la vida en medio del conflicto. La mujer buscó de inmediato al comprometido perfecto conservador que le tenía escrito el destino a Estrella, pero el hombre se negó rotundamente a casarse de forma tan apresurada para disimular la situación.

Sin más opciones para acallar el rumor del pueblo, la madre buscó a Julio y lo obligó a hacerse responsable. Un martes por la tarde, a escondidas y sin fiesta ni cantos, la iglesia del pueblo abrió sus puertas grandes y refinada madera pesada para celebrar la boda. Frente al altar, bajo la mirada severa de los santos, Julio juró abandonar las revueltas y dejar de manchar su camisa de sangre y volver a ser devoto a Dios, sellando el compromiso de proteger a su nueva familia.

Tras la ceremonia, Julio se llevó a Estrella a una pequeña finca que él tenía a las afueras. Con el dinero que la familia de Estrella le entregó a ella como parte de su herencia para que empezaran desde cero, la pareja comenzó a construir su hogar.

Entre 1955 y 1956 una época en la que en el país la violencia bipartidista volvía a llegar a los campos y las disputas por las tierras entre godos y cachiporras se agravaban, dentro de la pequeña finca reinaba una paz distinta, los gritos cesaron en su casa, las armas ya no se empuñaban y los olanes ya no llevaban sangre de cuerpos ajenos. Los primeros meses todo fue amor, ternura y tranquilidad. Aunque las diferencias de crianza y de carácter aparecían de vez en cuando, ambos aprendieron a conversarlas con paciencia, trabajando codo a codo en el campo. Limpiaron la tierra, sembraron con fe y cuidaron de los animales hasta que su ganado creció y la abundancia empezó a sonreírles como resultado de la siembra de su amor.

En medio de la fría cordillera, su pequeña casa se convirtió en una hoguera encendida donde el amor parecía haberle ganado la batalla al odio del país. Los días de amor y dulce miel en la finca duraron el tiempo que la paz y tregua en Colombia: un suspiro antes de la siguiente balacera. Con el pasar de los meses, a Julio se le fue agriando el carácter. Las diferencias que al principio parecían tonterías fruto del fuego ardiendo en su pecho, se convirtieron en una pared de piedra. No soportaba las costumbres rígidas de Estrella, y mucho menos ese rezo interminable de los rosarios al caer la tarde, con el que ella buscaba espantar los miedos que se asomaban a sus ventanas, él decía que esto solo eran falsas creencias y que sería el único que los podría salvar en caso de que la oscuridad los alcanzara, aunque ya viviera en ellos. A Julio todo eso le terminó aburriendo, le parecía la misma cantaleta del cura del pueblo y de los de corbata azul (la misma doctrina conservadora que lo había perseguido desde muchacho.) cegado de su rabia, se olvidó de los ojos cálidos de lo que se había enamorado y la causa del fuego que los unió.

Cuando las diferencias políticas llegaron a la casa

Poco antes de la llegada del primer bebé, en aquel 1956, Julio se fue alejando por completo. Eran tiempos agitados en el país: mientras la censura de prensa apretaba y en agosto ocurría la trágica explosión de los camiones con bombas en Cali que conmocionó a toda la nación, la violencia en los campos no daba tregua. Las ganancias que lograban con tanto sudor en la siembra y en la venta del ganado ya no iban para la casa: Julio se las gastaba en las chicherías y cantinas del pueblo, ahogando su rabia y frustración en licor.

Al regresar a la finca, la frustración se la cobraba a Estrella. El amor se transformó en gritos, insultos y golpes. La maltrataba y la torturaba verbalmente, encasillándola en que por culpa de ella y de su familia de corbata azul los liberales nunca podían ganar nada y qué gracias a el error de ella, el ya no podía hacer nada por su pueblo. Le gritaba con amargura que en este país al pueblo nunca le toca, que mientras la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla caía en mayo de 1957, a los campesinos de abajo solo les quedaba poner los muertos, la tierra quemada y la pobreza.

Cuando Estrella dio a luz a su primera hija, guardó en el pecho la esperanza de que la llegada de la criatura traería la paz de vuelta. Pero la ilusión duró muy poco. Si bien Julio se convirtió en un padre cariñoso que adoraba a la niña, la llenaba de risas, juegos y le enseñaba a amar la libertad sin ataduras ni falsos rezos, con Estrella la historia era una pesadilla. Pasaba más tiempo en la casa por estar cerca de su hija, pero la convivencia se volvió una tortura diaria.

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Estrella recibía la amargura y los golpes, mientras la hija recibía los abrazos. Así fueron pasando los años entre las paredes de la finca. La familia creció hasta completar seis hijos, en una rutina donde la violencia doméstica se volvió el pan de cada día, alimentada por el rencor político. Cruzaron los años sesenta y setenta viendo pasar la cruda realidad con el Frente Nacional, la violencia bipartidista que solo cambió de nombre con la llegada de las guerrillas y los grupos armados, y las promesas incumplidas de los gobiernos de turno que jamás llegaron a la vereda.

Pasaron las décadas hasta llegar a los años noventa. En un país que intentaba renacer con la Constitución de 1991 e ingresar a una nueva era de libertades, la vida dentro de la casa ya estaba marcada por el desgaste irreparable de los años. Hacia 1993, en una Colombia sacudida por la violencia del narcotráfico y el fin de la era de Pablo Escobar, tanta rabia guardada, tanto odio transformado en silencio y tanta amargura acumulada por las batallas ajenas le pasaron la cuenta de cobro definitiva a Julio: desarrolló un cáncer de estómago que se lo fue consumiendo poco a poco. Entre dolores profundos y el lamento de no haber visto jamás un cambio real para el pueblo, Julio cerró los ojos para siempre en 1993, dejando a Estrella sola con sus seis hijos y el recuerdo de una vida donde la política terminó devorándose al amor.

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