Adiós a Antonio Navarro Wolff: guerrillero, constitucionalista, político, pacifista, servidor público intachable y mamagallista

Antonio Navarro Wolff pertenecía a esa estirpe excepcional de hombres que convierten las heridas del cuerpo en lecciones de democracia. Este domingo primero de noviembre, a las 2:42 de la tarde, la voz pausada y entonada a media lengua del viejo constituyente se apagó para siempre a los 78 años de edad. El humor auténtico y reírse de sí mismo fueron una característica del político.

Su familia, a través de un comunicado impregnado de sobriedad y dolor, confirmó la partida de quien fuera uno de los arquitectos fundamentales de la Constitución del 1991. En el mensaje, sus seres queridos solicitaron el respeto de la opinión pública para despedirlo en la más estricta intimidad:

“Con profundo recogimiento y dolor, le informamos a sus amigos, amigas y a todas y todos los colombianos que nuestro amado Antonio Navarro Wolff falleció a las 2:42 de la tarde de hoy, primero de noviembre… Queremos disponer la despedida de Antonio en la intimidad de nuestra familia”, manifestaron sus allegados, añadiendo que en las próximas horas se anunciará el itinerario de sus honras fúnebres.

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De las aulas de ingeniería al barro de la insurgencia

Se graduó como ingeniero sanitario en la Universidad del Valle y perfeccionó sus saberes con estudios de posgrado en ingeniería ambiental en la Universidad de Loughborough, en el Reino Unido. FOTO: Foto: Óscar Pérez/ EL ESPECTADOR

Nacido en la frialdad de Pasto en el departamento de Nariño el 9 de julio de 1948, el joven Navarro no imaginó en sus primeros años que su destino estaría ligado a las gestas de la política y al estruendo de la guerra.

Se graduó como ingeniero sanitario en la Universidad del Valle y perfeccionó sus saberes con estudios de posgrado en ingeniería ambiental en la Universidad de Loughborough, en el Reino Unido.

Sin embargo, el vertiginoso pulso social de los años setenta lo arrastró hacia las filas del Movimiento 19 de Abril (M-19). Dentro de la guerrilla urbana no ejerció como un teólogo de la doctrina, sino como un organizador riguroso que ascendió rápidamente hasta convertirse en el segundo al mando de la estructura, justo debajo del mítico Carlos Pizarro Leongómez.

Fue en mayo de 1985 cuando la guerra le grabó en la piel sus cicatrices más desgarradoras. Mientras conversaba en una cafetería de Cali, una granada estalló a sus pies. Más de cien esquirlas atravesaron su cuerpo, una amputación en su pierna izquierda cercenó su marcha física y una esquirla traicionera lesionó el nervio hipogloso, alterando su fonación para el resto de sus días. Fue salvado de un shock anafiláctico por la pericia de un primo médico y trasladado de urgencia a México gracias a las gestiones del Nobel Gabriel García Márquez, Navarro emergió de la clínica reconvertido: cojeando del cuerpo, pero con la palabra intacta.

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El pacto roto por la paz y el tríptico del 91

La verdadera dimensión de su estatura histórica se midió tras la firma de la paz y la desmovilización del M-19 el 11 de marzo de 1990. Apenas un mes y medio después, el 26 de abril, las balas del paramilitarismo asesinaron a Carlos Pizarro a bordo de un avión comercial en pleno vuelo entre Bogotá y Barranquilla.

Pizarro y Navarro habían hecho un pacto de sangre en la montaña: si a uno lo mataban, el otro volvería inmediatamente al monte a empuñar las armas. Pero al asumir la dirección de la Alianza Democrática M-19, Navarro desobedeció el juramento guerrillero para cumplir el mandato de las masas.

“No lo hice porque la gente no nos dejó; nos rodearon, nos abrazaron, nos dijeron quédense, los necesitamos, los queremos, los apreciamos, los apoyamos”, recordaría años después el líder nariñense sobre el hito que evitó un nuevo baño de sangre.

Esa terquedad por la vía institucional lo llevó a sentarse en el solio supremo de la historia colombiana. En 1991, junto al conservador Álvaro Gómez Hurtado y al liberal Horacio Serpa Uribe, compuso la descollante copresidencia de la Asamblea Nacional Constituyente. En ese triángulo de ideologías dispares, la voz de Navarro fue una de las bisagras que articuló la Constitución Política que hoy rige los destinos de la nación.

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El ejecutor intachable que recorrió el Estado

Tras el hito constituyente, Antonio Navarro Wolff demostró que la utopía de la paz debía traducirse en administración pública transparente. Su hoja de vida en el servicio del Estado se convirtió en un periplo de gestión difícil de igualar en la política contemporánea:

Ministro de Salud (1990): Designado por el presidente César Gaviria Trujillo para liderar la transformación de la salud pública en la transición constitucional.

Alcalde de Pasto (1995-1997): Reconocido por sus modelos de presupuesto participativo y eficiencia fiscal en su tierra natal.

Congresista de la República: Ocupó curules en la Cámara de Representantes por Bogotá (1998) y en el Senado de la República durante dos periodos (2002-2006 y 2014-2018), convirtiéndose en uno de los legisladores.

Gobernador de Nariño (2008-2011): Gestión donde consolidó políticas de transparencia y lucha contra la corrupción.

Secretario de Gobierno de Bogotá (2012): Acompañó brevemente la administración de su antiguo compañero de militancia, Gustavo Petro Urrego.

En sus últimos años de actividad pública, como referente de la Alianza Verde, Navarro se mantuvo como un faro ético y una voz de consulta obligada. En tiempos de polarización despiadada, su andar pausado y su hablar imperfecto recordaban a las nuevas generaciones que la verdadera valentía no reside en levantar el tono de la amenaza, sino en sostener con firmeza la bandera de la reconciliación. Colombia despide a un patriota que enseñó que las diferencias no se resuelven matando al adversario, sino sentándose a redactar juntos las leyes de la República.

  • Redaccion Cartagena

    Redaccion Cartagena

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