Inteligencia Artificial en la música: entre la perfección y lo valioso de la humanidad

Por Christian Santiago Católico Riaño

La música es humana, pero ¿Qué pasa con la Inteligencia Artificial? A veces, me parece increíble pensar en cómo vivíamos hace apenas unas décadas, íbamos a la biblioteca a buscar información, alquilábamos películas en Betatonio, comprábamos discos en Tower Records y esperábamos con emoción que llegara el momento de ver nuestro video favorito en MTV.

Hoy la inteligencia artificial ha cambiado todo. La información está al alcance de una pregunta en ChatGPT o Claude, las películas están en las plataformas de streaming y podemos escuchar prácticamente cualquier canción desde Spotify, Deezer o YouTube.

Todo ha cambiado, y lo más curioso es que muchos de esos cambios llegaron, poco a poco, y no los sentimos, tan solo terminamos acostumbrándonos a ellos sin darnos cuenta. Los servicios se incorporaron a nuestra vida con tanta naturalidad que hoy cuesta imaginar cómo hacíamos las cosas antes de tenerlos.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que teníamos que esperar para escuchar una canción o buscar durante horas una información que hoy encontramos en segundos? A veces pienso que, dentro de unos años, nos costará recordar cómo era vivir sin algunas de las herramientas que hoy consideramos indispensables.

Entre la música humana y los proyectos emergentes con inteligencia artifical

La música no se escapa de esa transformación, antes podíamos pasar horas frente al televisor esperando que MTV programara ese video que tanto nos gustaba; ahora podemos verlo cuantas veces queramos, a la hora que queramos y desde cualquier lugar. Esa inmediatez también ha abierto posibilidades maravillosas para los artistas, que pueden compartir su trabajo con personas de cualquier parte del mundo sin depender necesariamente de una disquera o de los medios tradicionales.

Pero, hace poco me sucedió algo que me hizo pensar en el otro lado de esta facilidad, tuve la oportunidad de escuchar a una artista llamada Vyrma. Su puesta en escena me llamó la atención, su estilo musical me pareció atractivo y decidí escuchar varias de sus canciones. Sin embargo, después de la tercera, empecé a sentir algo extraño: todo comenzaba a sonarme parecido, había algo en esa aparente perfección que me hacía perder las ganas de seguir explorando.

Al buscar un poco más de esta artista me di cuenta de que se trataba de una artista creada con inteligencia artificial. Me sorprendió leer en su perfil de YouTube: «VYRMA is a digital music artist creating Nordic», por supuesto, pero también me dejó una sensación difícil de explicar. La propuesta podía resultar atractiva, las canciones sonaban bien y todo parecía estar en su lugar. Aun así, después de un rato, sentí que ya no tenía mucho más que descubrir. Ahí me surgió una pregunta: ¿será que, en medio de tanta perfección, también necesitamos encontrar algo imperfecto que nos recuerde que hay alguien al otro lado?

No tengo nada en contra de la inteligencia artificial; por el contrario, creo que es una herramienta poderosa y que puede abrir caminos interesantes en la creación musical y en muchas otras disciplinas; pero también me preocupa que, por tener respuestas inmediatas y soluciones cada vez más sencillas, terminemos dejando de lado el esfuerzo de investigar, aprender, experimentar y crear por nosotros mismos.

Si una herramienta puede escribir, componer, producir y resolver tantas cosas, vale la pena preguntarnos qué queremos seguir haciendo nosotros y qué parte de nuestra humanidad no deberíamos delegar tan fácilmente.

Lo humano terminará siendo lo más valioso

Mientras pensaba en esto, me acordé de Lewis Capaldi y de su presentación en Glastonbury en 2023. El cantante, que tiene síndrome de Tourette, estaba interpretando su música frente a miles de personas cuando los síntomas de su condición comenzaron a dificultarle la actuación. Su cuerpo no respondía como él habría querido y, por momentos, le costaba continuar cantando.

La escena pudo haber sido incómoda, incluso dolorosa, para un artista que estaba allí para cantar sus propias canciones. Pero ocurrió algo que convirtió aquel momento en una de esas imágenes que uno difícilmente olvida.

El público empezó a cantar por él, miles de personas se unieron para interpretar Someone You Loved. Lewis intentaba continuar, pero su voz y sus movimientos no siempre se lo permitían. Entonces la gente tomó la canción y la sostuvo, él ya no tenía que cargar solo con la responsabilidad de terminarla: quienes estaban frente a la tarima conocían cada palabra y estaban dispuestos a cantarla con él y por él.

Lewis Capaldi, Someone you loved: nos recuerda que la música despierta la humanidad

Cuando veo esa presentación, me conmueve pensar en lo que debe sentir un artista al descubrir que una canción que escribió en algún momento de su vida ya no le pertenece únicamente a él, esa melodía pudo nacer de una experiencia personal, de una tristeza, de una ruptura o de algo que necesitaba sacar de su interior; en realidad no conozco la historia, pero si alguno de ustedes me la quiere contar me pueden escribir por mi perfil de Instagram.

Dentro del proceso de producción musical y de grabación, hasta llegar al gran momento de compartir la pieza sonora con el mundo, Lewis Capaldi siguió adelante, pero mientras tanto, miles de personas encontraron en ella algo propio, la hicieron parte de sus historias, la escucharon en momentos difíciles y aprendieron a cantarla de memoria. Y allí estaban, en Glastonbury, devolviéndole esa canción cuando él más lo necesitaba.

No sé hasta dónde llegará la inteligencia artificial ni qué tan lejos podrá llegar en la composición musical, seguramente nos sorprenderá muchas veces y producirá obras que hoy ni siquiera imaginamos, tampoco creo que debamos rechazar una herramienta solamente porque es nueva o porque nos obliga a replantear lo que entendemos por creación. Pero cuando pienso en aquella presentación de Lewis Capaldi, hay algo que me cuesta imaginar que pueda reproducirse de la misma manera: esa decisión espontánea de miles de personas de dejar de ser espectadores para convertirse en el apoyo de alguien que, en ese instante, no podía continuar como esperaba.

No estaban allí para demostrar que conocían la letra, tampoco para exhibir sus voces, simplemente entendieron lo que estaba pasando y respondieron como seres humanos, cantaron porque podían hacerlo, porque conocían la canción y porque, de alguna manera, querían ayudar.

Quizás por eso me gusta tanto esa escena, no porque Lewis sea un artista que necesite demostrar su talento ni porque la inteligencia artificial sea incapaz de producir música emocionante, me conmueve porque nos recuerda que la música no termina cuando alguien la compone, la graba o la publica; también sucede cuando otra persona la escucha, la hace suya y la lleva consigo, a veces sucede algo todavía más hermoso: cuando esa persona puede devolverle algo al artista que se la regaló.

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¿Puede la inteligencia artificial reproducir la conexión humana de la música?

No sé cómo será la música dentro de veinte años; tal vez muchas de las canciones que escuchemos hayan sido creadas, en parte o por completo, con inteligencia artificial, es posible que las herramientas que hoy nos sorprenden se conviertan en algo tan cotidiano como lo son ahora las plataformas de streaming, puede ser que nos acostumbremos también a eso y que, con el tiempo, dejemos de preguntarnos cómo se hizo una canción para concentrarnos únicamente en cómo nos hace sentir.

Pero espero que, en medio de todos esos cambios, sigamos teniendo momentos como el de Glastonbury: momentos en los que alguien no puede continuar y los demás deciden acompañarlo; momentos en los que una canción deja de ser una grabación que escuchamos con audífonos y se convierte en miles de voces unidas en un mismo lugar.

Porque sí, la tecnología puede ayudarnos a crear música, y seguramente algún día pueda hacerlo con una perfección que hoy nos cuesta imaginar. Pero aquella presentación, frente a Lewis Capaldi, lo que hizo especial la canción no fue que todo saliera perfecto, fue que, cuando él no pudo cantarla como quería, miles de personas decidieron hacerlo por él.

Mientras pienso en eso, reafirmo que la música sigue siendo una de las cosas más humanas que tenemos, una canción puede nacer en la soledad de una habitación, pero nunca sabemos hasta dónde llegará ni quién terminará necesitándola. A veces, incluso, puede regresar a su creador en forma de miles de voces que le recuerdan que no está solo.

Qué maravilla ese poder de la humanidad: crear, inspirar, acompañar y ayudar. Qué maravilla descubrir que una canción puede seguir viva en las personas, incluso cuando quien la escribió no puede cantarla.

La inteligencia artificial está ampliando las posibilidades de composición y producción musical, pero su avance también plantea preguntas sobre la creatividad, la autenticidad y el papel de las personas en la experiencia musical. La historia de Vyrma, el proyecto musical digital mencionado en esta columna, contrasta con la actuación de Lewis Capaldi en Glastonbury 2023, cuando el público lo acompañó cantando. Ambos casos permiten reflexionar sobre la diferencia entre producir una canción y las experiencias humanas que pueden surgir alrededor de ella.

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