Cuentan los memoriosos que en la Quinta Avenida de Nueva York hay días en que la lluvia no cae del cielo, sino que sube desde el asfalto congelado para entristecer a los ausentes.
El domingo 11 de octubre era uno de esos días grises y abrigo pesado, cuando un aguacero pertinaz amenazaba con ahogar el soplo de la nostalgia en el tradicional Desfile del Día de la Hispanidad. En medio del bullicio vertical de los rascacielos de Manhattan y el pulso acelerado del corazón financiero del mundo, la Quinta Avenida hizo una pausa en su rutina de asfalto y prisa para convertirse en un escenario multicolor.
La edición número 62 del Desfile de la Hispanidad volvió a tomarse el eje vital de la Gran Manzana, transformándolo en un gran corredor donde la memoria, la música y el orgullo patrio de más de veinte naciones desfilaron mano a mano.
Y allí en medio de los actores festivos venidos todo el continente estaba la fuerza telúrica de una reina colombiana de diez años, capaz de hacer que los tambores del Caribe sonaran más fuerte que los truenos de Manhattan.
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Isabella Daes García, reina infantil del Carnaval de Barranquilla brilló en Manhattan, Nueva York
Isabella Daes García, actual soberana infantil del Carnaval de Barranquilla, avanzaba a la cabeza de una comitiva de colores inverosímiles que parecía traída a contravía del Atlántico. A sus espaldas, la marea de marimondas, monocucos y garabatos se abría paso por la columna vertebral de la isla con la parsimonia alegre de quienes llevan el sol dentro del cuerpo.
El aire frío del otoño neoyorquino se vio aplacado por el retumbar de nuestras gaitas y tambores, los aplausos de la multitud agolpada tras las vallas y el despliegue cromático de trajes típicos que evocaban orígenes lejanos. Desde el folclor vibrante de los pueblos de América Latina hasta las centenarias expresiones culturales del Viejo Continente, el desfile reafirmó que el idioma y la identidad hispana no entienden de fronteras.
Al ver bailar a Isabella bajo el agua helada del mediodía neoyorquino, con la precisión matemática y la gracia arlequinesca de un duende caribeño, la muchedumbre agolpada en los bordes de la vía empezó a sufrir una metamorfosis colectiva. Los migrantes colombianos, ecuatorianos, dominicanos y mexicanos, envueltos en chaquetas húmedas, olvidaron de golpe el frío de la Gran Manzana. Presos de un hechizo involuntario, comenzaron a copiar en las aceras los movimientos cadenciosos de la pequeña soberana, como si los pies se les hubieran vuelto de viento.
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La Quinta Avenida entendió lo que en el Caribe es una verdad irrebatible: que la distancia es solo una ilusión cuando repica un tambor. Isa Daes, levantada sobre la multitud, extendió sus brazos de mariposa hacia los millares de espectadores que la vitoreaban para entregarles una sola promesa,
El festejo había comenzado desde la noche del sábado, cuando una Guacherna improvisada en el corazón iluminado de Times Square congregó a cientos de nostálgicos. Pero fue el domingo, en medio del desfile, cuando la magia de la tierra de Gabriel García Márquez, Shakira y el Pibe Valderrama se hizo irresistible. Promediando la jornada, la lluvia, derrotada por la persistencia de la cumbia, comenzó a apagarse hasta convertirse en una brizna inofensiva, cediendo ante el paso triunfal de la reina, a quien los personajes del folclor cargaron a hombros en medio del delirio general.
En ese instante de fiesta patria ni fronteras, la Quinta Avenida entendió lo que en el Caribe es una verdad irrebatible: que la distancia es solo una ilusión cuando repica un tambor y una gaita para entonar una cumbia, un mapale o un fandango.
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Entre la constelación de comparsas y bailes folclóricos que encendieron las aceras, la presencia de las delegaciones españolas también dejó una huella imborrable en el pavimento neoyorquino. La tradición levantina se hizo sentir con fuerza gracias a la comparsa de los Moros y Cristianos de Orihuela (Alicante), que movilizó a cerca de un centenar de festeros hasta el corazón de los Estados Unidos. Con sus marchas majestuosas, sus vistosos ropajes bordados y una cadencia teatral, la comitiva alicantina trasladó a los espectadores a través del tiempo, evocando batallas e historias medievales a la sombra del Empire State.
Pero fue Isa Daes, levantada sobre la multitud, quien extendió sus brazos de mariposa hacia los millares de espectadores que la vitoreaban para entregarles una sola promesa, firme como una certeza traída desde el futuro: la orden sagrada de regresar a casa a celebrar el Carnaval de Barranquilla en febrero de 2027, allí donde la alegría no pide permiso y la lluvia jamás apaga la fiesta.













